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Foto: Pixabay.com / qimono - Compartida bajo licencia Creative Commons.

Con la llegada de la posverdad, ¿la ética sobre el compromiso con la verdad debería ser más laxa?

Consulta enviada por: Aurelio Martínez. Estudiante de periodismo en Bogotá, Colombia

Encuentro en algún texto publicado en FNPI que la humanidad debería acostumbrarse  porque la posverdad ha llegado para quedarse. Si es así ¿la ética sobre el compromiso con la verdad debería ser más laxa?

Respuesta:

Sucede con los valores éticos que se convierten en un reto apremiante para las personas y para la sociedad porque a la vez se los puede ver como necesidad urgente, o como un ideal inalcanzable.

Así pasa con el compromiso con la verdad. Su urgencia aparece cuando la pregunta ¿qué le sucedería a una sociedad sin verdad? despliega el número de males que sobrevendrían el día en que la posverdad dejara de ser una palabra y se convirtiera en un modo de vida.

Sin embargo, las prácticas de la posverdad, dominantes en la publicidad, en el ejercicio de la política, en el periodismo de sensación, en la cotidianidad, crean la sensación de que la posverdad llegó para quedarse y trastornar los patrones éticos de las personas y de la sociedad. Que es lo mismo que sucede con todos los valores; ninguno se convierte en norma de vida por la fuerza del acostumbramiento o por la imposición.

Todo valor llega a hacer parte de la vida de las personas después de una disciplinada y deliberada práctica, que contradice inclinaciones naturales y que hace reales las mejores posibilidades humanas. Así sucede con la libertad, con la justicia, con la responsabilidad o con la generosidad, virtudes que tienen que ser cultivadas porque ninguna de ellas se desarrolla mecánicamente o por inercia; tienen que ser creación de cada persona. Las iniciativas diversas para denunciar noticias falsas y para destacar las verdades, hacen parte de ese esfuerzo para consolidar una sensibilidad por la verdad y un rechazo por la mentira.

En cambio, la resignación a lo que llega para quedarse, contribuye al estancamiento e indignidad en la vida de las personas y de la sociedad, o sea, a su corrupción.

Son, pues, dos las posibilidades ante la posverdad: una reacción para recuperarle la salud a la verdad o la pasividad y tácita aceptación de la falsedad como patrón de vida, inmodificable y definitivo.

Documentación

Ahora nos encontramos ante una serie de batallas entre fuerzas opuestas: entre la verdad y la mentira, los hechos y los rumores, la amabilidad y la crueldad, entre los pocos y los muchos, entre la plataforma abierta de internet tal como la imaginaron sus inventores y los jardines cerrados de Facebook y otras redes sociales, entre un público informado y una multitud mal informada.

El denominador común entre estas batallas, y lo que hace urgente su resolución, es que todas implican un desmerecimiento de la verdad. Esto no significa que no existan verdades. Simplemente significa como ha sido evidente durante este año, que no podemos establecer cuáles son aquellas verdades. Y cuando no hay consenso sobre la verdad y cómo llegar a ella, deviene el caos.

Cada vez es más común que lo que aparece como un hecho, no es más que lo que una persona siente como verdadero, y la tecnología ha facilitado que estos hechos circulen y se difundan a una velocidad que era inimaginable en la época de Guttemberg.

La verdad es una declaración sencilla que cada periódico publica asumiendo su propio riesgo. Generalmente existen varias verdades en torno a cualquier tema, pero en la época de la prensa impresa, las palabras en la página determinaban los hechos, aunque estos después resultaran verdaderos o no. La información se sentía como si fuera la verdad, al menos hasta el día siguiente en que saliera una actualización o corrección y todos compartíamos el conocimiento de una serie de hechos.

Esta verdad se imponía desde arriba: una verdad determinada fijada por un establishment. Ahora la gente desconfía mucho de lo que se presenta como un hecho, especialmente si los hechos son incómodos o se oponen a sus visiones personales, y si bien una parte de la desconfianza es inapropiada, otra parte no lo es.

Catharine Viner en Cómo la tecnología ha alterado el concepto de verdad. En Eldiario.es, octubre 2016. Madrid. P 67-68

Respondido por: Javier Darío Restrepo

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