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Foto: Unsplash, compartida bajo licencia Creative Commons

“La propaganda fue, es y seguirá siendo un arma de guerra”

Consulta enviada por: Ivanny Piris Rocha. Estudiante de Periodismo en Asunción , Paraguay

Mi pregunta es sobre la propaganda en el siglo XIX y XX, en donde nació el amarillismo y se usaban afiches que exponían al enemigo como vencido. Durante las guerras no se tenía información sobre el desarrollo de la guerra en ambos bandos. Existen diferentes opiniones sobre el uso y el abuso de la información en esas contiendas. ¿La ética es influida por esa comunicación? ¿Cómo determinó esa propaganda la victoria o el fracaso de los contendientes?

Respuesta:  

La propaganda fue, es y seguirá siendo un arma de guerra. La información, por el contrario, es un arma de paz.

Así como la guerra se apoya en la mentira, la paz necesita y nace con la verdad.

La propaganda estimula la vista y el oído de las personas y despliega todas sus artes audiovisuales para hacer creer que es lo que no es; en consecuencia, manipula sentimientos, no los razonamientos como guías para actuar.

La información, cuando es completa, agrega a los datos de los sentidos el procesamiento de esos datos por parte de la inteligencia. El guerrero solo necesita ver, oír y odiar al enemigo, y en él la inteligencia está subordinada a los sentimientos; eso explica que sus acciones estén guiadas por la rabia y el odio, pasiones que una propaganda eficaz inspira y estimula, y que dan el impulso necesario para matar.

La razón, a su vez, puede corregir los impulsos de los sentimientos hasta el punto de que se puede afirmar que sin el impulso de los sentimientos y las pasiones, y con la sola inspiración de la razón, no habría guerras.

Esta relación estrecha entre el impulso que imprimen los sentimientos y la guerra es la que explica por qué en la guerra la propaganda es un arma  más.

Si a esto se le agrega el viejo dicho de que en las guerras la verdad es la primera víctima, queda en evidencia el motivo de fondo para el sobreuso de la publicidad en las guerras.

El periodista, por su parte, sabe que la verdad es la razón de su ser profesional y que ofrecerle a la sociedad la verdad es la parte dignificadora de su ejercicio profesional.

Su compromiso con la verdad lo sitúa en las antípodas de los guerreros y de los propagandistas. La confusión, frecuente entre las prácticas de información y las de propaganda, resulta dañina para los periodistas que ven degradada y deformada su profesión cada vez que eligen hacer propaganda en vez de informar. El del periodista es un compromiso total con la verdad de los hechos, sin concesiones para las medias verdades de la propaganda, ni para los estallidos irracionales de los sentimientos.

Envía aquí tu consulta sobre ética periodística.

Documentación

El manejo moderno de los medios de comunicación por parte de los distintos poderes es un duelo por imponer cada uno sus palabras. Para lograrlo se ha montado una espesa red de oficinas de comunicaciones en los despachos oficiales, de comisiones de agitación y propaganda en los campamentos guerrilleros; de asesores bien aceitados en las sedes paramilitares, de oficiales expertos en operaciones de inteligencia en los cuarteles de las Fuerzas Armadas.

Desde estos centros de divulgación no se suministra información sino propaganda; no se defiende la verdad sino que se amparan intereses; no se practica imparcialidad sino el más abierto sesgo. Múltiples formalidades y modalidades sirven esos mensajes: comunicados oficiales, partes de guerra, páginas web, correos electrónicos, videos tomados por los interesados, recorridos por zonas vedadas que solo pueden hacer en vehículos controlados o con escolta de la respectiva figura hegemónica.

El material obtenido por periodistas desde esta red propagandística es a la vez un peligro y un halago. Sin duda facilita su labor al difundir un abundante arsenal informativo, que brinda la tentación de ponerle con descuido la firma y lanzarlo al aire o a las ávidas páginas en blanco. Desafortunadamente, es también la tensión de ceder en las palabras o en las ideas. Expone al riesgo de aceptar el léxico del enemigo y de rendirse sin saberlo. De hecho, para un periodista cualquiera que intente esconder la verdad y hacer pasar de contrabando su interés, es un enemigo de su oficio.

Las palabras también sirven para categorizar el mundo. Lo diseccionan y distribuyen sus partes en anaqueles cerebrales que exigen claridad y concisión. El mundo de la guerra es intrincado y la humanidad lleva siglos tratando de hacer humana una actividad por esencia antihumana. No ha sido fácil llamar por su sevicia a la sevicia y por su clemencia a la clemencia”.

Arturo Guerrero: El glosario y las municiones, en Para desarmar la palabra. Editorial Linotipia Bolívar, Bogotá 2005. P. 12, 13.

Respondido por: Javier Darío Restrepo

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