Consejos para cubrir brotes de enfermedades infecciosas
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Consejos para cubrir brotes de enfermedades infecciosas

Primera parte de la reflexión de Ángela Posada-Swafford, escritora y periodista de ciencia, medio ambiente y exploración, sobre la manera adecuada de informar en caso de epidemias.
Niña recibe la vacuna contra la polio | Fotografía: CDC Global en Flickr. Usada bajo licencia Creative Commons
Ángela Posada-Swafford

 

Visite angelaposadaswafford.com

El año pasado, durante la Conferencia bianual de la Federación Mundial de Periodismo Científico, en San Francisco, se ventilaron interesantes inquietudes sobre el cubrimiento de las enfermedades infecciosas, y creo que vale la pena compartir algunas de esas conclusiones con los lectores del blog de periodismo de salud la FNPI.

La verdad es que, cubrir brotes de enfermedades es un área más bien extraña del periodismo científico. A veces hay un nuevo virus y nadie sabe lo que es; y a veces es un virus viejo, una rama que emerge pero que no ha sido estudiada durante décadas, como fue el caso con el Zika.  Si a eso se le unen el factor de la incertidumbre, la miseria y el sufrimiento humanos, entonces se obtiene una mezcla muy complicada. “A veces es casi como reportar una guerra, y hay mucha política involucrada”, dice Martin Enserink, el director de noticias de la edición europea de la revista Science.

La cosa es que cuando hay un brote de algo como por ejemplo el Ébola, la información no viene semanalmente en comunicados de prensa cuidadosamente embargados, sino que a uno le llega proveniente de todo tipo de fuentes y de forma caótica. Eso a su vez se refleja en lo que sale publicado, y la consecuencia es una desinformación rampante.

Cuatro lecciones

Entonces, hay algunas lecciones para tener en cuenta. La primera es la calma. “Honestamente, muy a menudo nuestra cobertura se sobrecalienta, se pone en estado de pánico. Ese fue especialmente el caso con el Ébola; sobre todo cuando el virus llegó a EE.UU. Había una verdadera histeria, y creo que como reporteros de ciencia podemos ayudar a atenuar la histeria y poner las cosas en perspectiva”, explica Enserink.

Tanta sería la histeria con el Ebola, que hubo gente que llegaba a hacer cosas absurdas como poner una X de cinta de enmascarar en su ventana. ¿De dónde sacaban ellas que eso tendría algo que ver con este virus? Respuesta: lo sacaron de los comentarios de personas en los medios, en las redes sociales y hasta en la televisión.

Otro caso: en 2001 unas 22 personas se enfermaron y cinco murieron en EE.UU. cuando el bacilo del ántrax que fue distribuido en el correo. Eso creó a su vez una masiva inversión en bio defensa, algo así como 50 mil millones de dólares. ¿Una exageración? Tal vez. Sin embargo, uno de los escenarios más temidos es una reintroducción de la viruela. La viruela, por supuesto, fue erradicada en los años 70 y las historias que uno leía en 2001 sobre lo que sucedería si los bio-terroristas obtuvieran ese virus y lo reintrodujeran eran realmente terribles. Aconsejo el magnífico y aterrador libro de Richard Preston, el Demonio en el congelador.

Ante el susto del público al respecto de la viruela tras el libro de Preston, “lo que hice fue hablar con mucha gente que había estado realmente dentro del esfuerzo de erradicación de la viruela, y que habían visto la enfermedad de cerca y sabían cómo luchar contra el virus”, dice la veterana escritora de la revista online STAT Helen Branswell, que lleva décadas cubriendo brotes. “Me dijeron que no sería tan malo tampoco, que sería un gran shock para el sistema, pero que sabemos cómo contener la viruela; tenemos vacunas, no es tan contagiosa; en realidad es muy letal, pero la hemos erradicado antes y podemos hacerlo de nuevo”.

Entonces nuestra responsabilidad como periodistas de salud y ciencia es ayudar a calmar al público y poner las cosas en perspectiva. 

La lección número dos aplica a cualquier periodista: saber cuál es su fuente. La Organización Mundial de la Salud, los Centros para el Control de las Enfermedades Infecciosas, Médicos sin Fronteras, por ejemplo.

Menos aconsejable es acudir a los políticos, especialmente durante los primeros días del caos, cuando aun no se sabe lo que pasa. Tal vez el ejemplo más llamativo en este sentido fue el ministro de Agricultura del Reino Unido, que en 1990 quería demostrar que la enfermedad de las vacas locas realmente no era ninguna amenaza para la salud humana. Con el fin de ilustrar eso, le dio a su pequeña hija una hamburguesa, y pasó lo que tenía que pasar.

Entonces, si bien no hay que ser alarmistas, también hay que tomar lo contrario (eso de “tenemos esto bajo control”) con un grano de sal, especialmente al comienzo del brote.  “Al principio, el brote puede aparecer realmente peligroso”, dice Dick Thompson, un antiguo director de comunicaciones sobre pandemias en la Organización Mundial de la Salud. “Es durante este período en que los líderes políticos, especialmente aquellos que rechazan la ciencia y prosperan enfrentando a un grupo contra otro, pueden explotar el momento para sacar una ventaja política; así que no descarte las noticias falsas o los rumores, porque en el contexto de un brote, esos también pueden ser mortales”.

Hay una tercera lección, y es prestarle atención al contexto local, pues no hay un virus o una bacteria que produzcan una epidemia por sí solos. El periodista debe examinar no solo cómo esas costumbres podrían tener algo qué ver en el contagio, sino cómo el virus y la epidemia impactan sus vidas. Un buen consejo aquí es buscar un antropólogo que ayude a analizar el componente de comportamiento social que tienen los brotes.

Un cuarto punto es que no existen curas milagrosas y no hay vacunas milagrosas. Muy a menudo no hay curas ni vacunas. Punto. Siempre hay historias sobre algunos tratamientos que parecían funcionar fantásticamente, que generan altas expectativas y al final casi todas estas cosas o no funcionan, o llegan demasiado tarde.

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Lea aquí la segunda entrega del artículo de Ángela Posada-Swafford sobre cubrimiento de enfermedades infecciosas.

 

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