Cuatro crónicas de Martín Caparrós
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19 de Abril de 2016

Cuatro crónicas de Martín Caparrós

Para Martín Caparrós el mayor reto para hacer crónicas consiste en  aprender a mirar lo que ya conocemos hasta dar con la historia. Esa es la mirada extrema, que ha llevado por todo el mundo,  la que se refleja en estas cuatro cónicas que te presentamos.

Martín Caparrós conducirá el taller de crónica  "La mirada extrema" del  11 al 14 de mayo en San Salvador, El Salvador, en el marco del Foro Centroamericano de Periodismo. Las inscripciones al taller están abiertas hasta el 20 de abril.

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Muxes de Juchitán

La historia de una pequeño pueblo al sur de Oaxaca en el que algunos hombres se reconocen como mujeres

Amaranta tenía siete años cuando terminó de entender las razones de su malestar: estaba cansada de hacer lo que no quería hacer. Amaranta, entonces, se llamaba Jorge y sus padres la vestían de niño, sus compañeros de escuela le jugaban a pistolas, sus hermanos le hacían goles. Amaranta se escapaba cada vez que podía, jugaba a cocinar y a las muñecas, y pensaba que los niños eran una panda de animales. De a poco, Amaranta fue descubriendo que no era uno de ellos, pero todos la seguían llamando Jorge. Su cuerpo tampoco correspondía a sus sensaciones, a sus sentimientos: Amaranta lloraba, algunas veces, o hacía llorar a sus muñecas, y todavía no conocía su nombre.

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Más buenos que Lassie

Una crónica sobre dos personajes místicos del siglo XX, el Dalai Lama y la Madre Teresa de Calcuta

Los monjes llegaron cantando, vestidos de naranja: los presagios anunciaban que quizás en ese pueblito vivía la reencarnación divina del decimotercer Dalai Lama, que acababa de morirse. Iban esperanzados: mientras lo velaban, el cadáver del Lama había movido la cabeza para señalar en dirección al este. El pueblito, Takster, quedaba vagamente para ese lado.

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Historias de una mujer traficada

La historia de Natalia, una joven moldava que fue víctima de tráfico de personas y sobrevive en un burdel.

Cuando murió su madre, Natalia tenía siete años y solamente un ojo. Natalia quería mucho a su madre; una tarde, dos años antes, frente a su casa en un pueblito moldavo, una vecina le había dicho que su mamá era una idiota. Natalia la defendió a los gritos, la vecina la tiró sobre un montón de ramas. Su ojo estalló y tuvieron que sacárselo.

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La ciudad de las viudas

Ser viuda en La India es una maldición y muchas van a parar a Vrindavan, ciudad desde donde Caparrós narra esta historia.

Amanece en Vrindavan, corre una brisa todavía: no más de 35 grados. Las calles son angostas y sinuosas y sucias como calles indias; al alba, son de los animales. Es la hora de los monos. Las vacas comen de la basura, los perros comen de la basura, los chanchos, las cabras, las ratas que no veo comen de la basura, pero los monos se despliegan: copan el suelo y las alturas. Es su momento; de a poco, con el calor, las personas van a recuperar su territorio. Para empezar, pasan tres hare krishna cantando con megáfono; pasa una moto, la primera bocina. Los monos tienen los culos rojos como culo de mono.

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